3 abr. 2010

(...) Ahora era diferente. Sabía donde estaba, quién era, y me sentía en paz conmigo misma. A pesar de que no había olvidado las razones que me había hecho dudar de Lucas, cuando estabamos tan cerca confiaba en el por completo. No tenia miedo de nada en el mundo.Podía ser yo misma, sin inhibiciones. Cerré los ojos y frote mi nariz contra su cuello. Lucas se estremeció, y no creí que hubiera sido por el frio.
- Sabes que solo quiero cuidar de tí, ¿Verdad? - susurró. Sentí sus labios besando mi frente. - Quiero que estes a salvo.
- No necesito que me protejas de ningún peligro, Lucas. - Lo abraze por la cintura, y lo estreche contra mi, con fuerza. - Lo que necesito es que me protejas de la soledad. No te pelees por mí, quedate a mi lado. Eso es lo que necesito.
Se echó a reir. Una risa extraña y triste.
- Necesitas de alguien que cuide de ti, que se asegure de que no pasa nada. Y yo quiero ser ese alguien.
Levanté la cabeza. Estábamos tan cerca que mis pestañas rozaron su barbilla y sentí el calor que desprendían nuestros cuerpos en el pequeño resquicio que separaba nuestras bocas.
- Lucas, solo te necesito a ti. - Dije, reuniendo valor.
Lucas me acarició la mejilla, y rozó sus labios contra los míos. Ese primer contanto me cortó la respiración, pero había dejado de tener miedo. Estaba con Lucas y no podía pasarme nada.
Lo besé y descubrí que mis sueños no me había engañado: sabía como besarlo, como tocarlo. Fue un beso profundo y lento, impetuoso y delicado, mil veces distinto. Perfecto en todas sus facetas.
Lucas me beso en la boca, en las mejilas, en la oreja y el cuello. (...)

(...) Cuando nuestros labios volvieron a encontrarse, el beso fue diferente, intenso, casi desesperado. Nuestras respiraciones se habían acelerado y nos impedían hablar. No existía nada en el mundo salvo él y esa voz monótona en mi interior que insistía una y otra vez en que él era mío, mío, mío... (...)
(...) Sujeté su rostro entre mis manos y posé mis labios suavemente en los suyos, en su barbilla, en su cuello. Y al ver el pulso de las venas latiendo bajo la piel, no pude reprimir la sed de él.
Lo mordí en el cuello, con fuerza. Lo oí gritar de dolor, desconcertado, pero al mismo tiempo la sangre salio disparada hacia mi lengua y el espeso sabor metálico se propagó en mi interior como un incendio: ardiente, mortífero y bello. (...)

Fuente: Claudia Gray, "Medianoche"

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